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Lectura bíblica: Romanos 8:18-27
En lo personal, yo lucho con la idea y con la práctica de la esperanza. Los hechos que definieron a mi generación milenial han sido el efecto del 11 de septiembre del 2000, las recesiones mundiales, las guerras en Irak, Irán, Afganistán y Ucrania, la pandemia del COVID-19-, las crisis de salud mental y los efectos del cambio climático. Es mi esperanza que puedan entender por qué yo, y tantas otras personas de esta época, luchamos con la esperanza. A nadie parece importarle hacer cambios significativos y nuestro futuro parece bastante sombrío. Algunas personas levantan las manos y dicen "es lo que hay", y continúan viviendo vidas superficiales y ensombrecidas. Otras se contentan con la apatía: si a nadie le importa, ¿por qué debería importarme a mí? ¿Queda alguien que aún tenga esperanza en un futuro en la gloria…? Romanos 8 nos recuerda que esperamos cosas que no se ven. Eso significa que nuestro estado actual con esa incapacidad de vislumbrar un futuro más brillante está muy en consonancia con los requisitos para la esperanza. ¿Y entonces? David M. Greenhaw sugiere que hay dos partes de esta esperanza con las que podemos comprometernos como hijas e hijos de Dios. La primera es el acto de quejarse y de lamentarse. Pero esto no se refiere a los sonidos de una queja, sino más bien a los sonidos de la tierra gimiendo con dolores de parto, como una mujer que va a dar a luz. El alivio aún no ha llegado, por lo que estos gemidos y estos quejidos son sonidos de resistencia a través del dolor y del sufrimiento. No te rindas porque la criatura aún no haya nacido: ¡una nueva vida está llegando! Es un llamado a apretar los dientes, a abrocharnos los cinturones, a ser pacientes y a prepararnos. La segunda es una invitación a la imaginación. Nuestra esperanza está puesta en cosas que "no se ven"... son invisibles o, mejor dicho, imaginarias. Servimos a una divinidad creadora que, sin duda, tiene mucha imaginación (por ejemplo, el ornitorrinco). Ahora nos toca, como las niñas y los niños, ejercitar ese mismo espíritu de creatividad con nuestras mentes, atreviéndonos a soñar, a esperar e incluso a innovar hacia un futuro que aún desconocemos. Y una vez que ponemos en marcha nuestra imaginación, ¡pensemos en los planes de Dios para la humanidad y en lo asombrosos que ellos siempre han sido! Este pasaje responde innegablemente a mi pregunta de "¿Hay esperanza todavía?" con un firme "Sí". Hay que sobrellevar el sufrimiento. Nuestra imaginación debe ponerse en marcha. Tal es la voluntad del Espíritu que intercede por nosotras y nosotros, las santas y los santos. ¡Que haya esperanza! Amén. —Rev. Sanya S. Beharry, Iglesia Presbiteriana de Trinidad y Tobago
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